«Me gustan los atardeceres tristes», de Carmen Ollé

Luciana Bañon
Universidad Nacional Federico Villarreal

Carmen Ollé es una de las voces más representativas de la literatura escrita por mujeres en el Perú. Su obra se inscribe en un proceso de renovación de la poesía peruana, caracterizado por el cuestionamiento de las formas estéticas convencionales y por una íntima relación entre la creación literaria y las transformaciones sociales de la década de 1970. En ese sentido, Lubini (2015) señala que Hora Zero, grupo fundado por estudiantes de la Universidad Nacional Federico Villarreal, surgió en un escenario de profundos cambios políticos y culturales. Integrado principalmente por jóvenes de clase media, muchos de ellos provincianos y primeros miembros de sus familias en acceder a la educación superior, el movimiento asumió una postura neovanguardista que buscó ampliar los límites de la poesía a través de la conexión entre arte, vida y política. En este marco, la escritura de Carmen Ollé también adopta un carácter transgresor al cuestionar el canon tradicional, haciendo énfasis en abordar las representaciones típicas de la feminidad mediante la incorporación del cuerpo, la sexualidad y la experiencia femenina como ejes clave de su propuesta literaria.

Su poemario Noches de adrenalina (1981) constituye una de las obras más representativas de la poesía peruana contemporánea. Al respecto, Alvarado (2025) sostiene que el libro ocupa un lugar fundamental dentro de la literatura escrita por mujeres porque sitúa el cuerpo como un espacio de enunciación desde el cual se articulan múltiples experiencias y, al mismo tiempo, cuestiona el orden masculino que predominaba en la tradición literaria.

En reconocimiento a su trayectoria, Carmen Ollé recibió en 2025 el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso. Ese mismo año, la editorial Peisa publicó Me gustan los atardeceres tristes, volumen de 123 páginas que forma parte de la colección Del Río Hablador y está organizada en cuatro capítulos. En esta obra, la autora construye un relato híbrido donde convergen la memoria autobiográfica, la ficción y la reflexión literaria mediante una escritura fragmentaria que incorpora constantes referencias intertextuales y elementos de la contemporaneidad. Esta propuesta narrativa da continuidad al carácter exploratorio que ha distinguido la producción literaria de Carmen Ollé y constituye el punto de partida para el recorrido que desarrolla la presente reseña.

El primer capítulo, “Donde me lleve la corriente”, la narradora se entera, mediante una llamada telefónica, de la muerte de Pamela, una amiga de la infancia que falleció ahogada en una playa limeña. Su muerte la obliga a navegar por distintos episodios que compartió en vida con Pamela, su entorno familiar y las circunstancias de su muerte. Al mismo tiempo, incorpora recuerdos personales, lecturas y referencias literarias mientras intenta comprender lo ocurrido.

En el apartado “Sobre el mar”, la narradora evoca sus visitas a museos y paseos culturales al lado de su amiga, donde presenciamos la calidez de Pamela y sus lazos de amistad con la narradora . Por otro lado, recupera memorias vinculadas al mar y a las playas La Herradura y Agua Dulce. A su vez, incluye fragmentos de correos con su amiga Pilar Dughi, donde reflexionaban sobre los tópicos de enfermedad y muerte.

Más adelante, las menciones sobre Borges, Modiano y Munro establecen vínculos entre desapariciones, suicidios y ahogamientos. Del mismo modo, relaciona la desaparición de Dora Bruder con la muerte de Pamela en el transcurso de la pandemia, a la par que menciona las dificultades familiares y económicas agravadas por la Covid-19. Este  capítulo cierra con “Espéculos” y “La herida erótica”, donde el yo ficcional añade referencias literarias sobre mujeres ahogadas y descripciones del cuerpo femenino.

En el segundo capítulo, “Me gustan los atardeceres tristes”, la narradora recuerda a Ada, una antigua compañera de colegio que se suicidó, de la quien habla con un psiquiatra imaginario durante una noche de insomnio. A lo largo del capítulo, la narradora reconstruye a Ada: su personalidad excéntrica, su fascinación por la muerte, sus conflictos familiares y su interés por África. Todo mientras alude a recuerdos escolares, referencias musicales, literarias y cinematográficas, además de nombrar a figuras como George Sand, Herman Hesse y Chopin.

Posteriormente, la narradora asiste a una misa en memoria de Ada y se reencuentra con antiguas compañeras y otros personajes de su pasado, como Mariana y Rocky, con quienes conversa sobre distintas versiones relacionadas con la muerte de Ada. Más adelante, Rocky relata nuevas versiones sobre la muerte de Ada en Mallorca. Se hace mención a un presunto suicidio por medio de somníferos y rememora los planes de la joven de viajar a África. Luego, aparecen ciudades como Tánger, Ibiza y Marsella, en función a su estado de melancolía. 

En el tercer capítulo, “Pulsiones”, la narradora reflexiona sobre el mal y sus distintas representaciones en la religión, la literatura y la cultura occidental. En ese sentido, invoca creencias de su niñez ligadas con el diablo y el pecado.  Aparecen obras y personajes como el doctor Fausto, el conde Drácula y El retrato de Dorian Gray, ceñidos por la tentación, el deseo y la corrupción. Más adelante, amplía este pensamiento hacia una dimensión social y política, ya que asocia el mal con las guerras, las dictaduras y la violencia ejercida por las hegemonías. Al mismo tiempo, intercala recuerdos personales, lecturas y recorridos por Lima, mientras elabora comentarios sobre autores y figuras vinculados con lo grotesco, lo romántico y lo decadente. Entre ellos destacan Vivian Gornick, desde sus reflexiones sobre la soledad; Sylvia Plath, Sarah Kane y Mariela Dreyfus, en relación con el sufrimiento; así como Juan Carlos Onetti, Arthur Rimbaud y Pilar Dughi, referentes que, a través de sus aportes, retratan la marginalidad, el desarraigo y la figura del escritor.

En esa misma línea, la narradora profundiza en la relación entre muerte y literatura en la visión de Sylvia Plath, Sarah Kane y Mariela Dreyfus, de las cuales evidencia cómo la autodestrucción y la fascinación por la muerte subyacen en sus manifestaciones artísticas. De la misma forma, en “Manías del escritor” la narradora aborda la figura de Perro Celestial, un aspirante a escritor influenciado por Juan Carlos Onetti, desde quien reflexiona sobre la fascinación por los autores malditos, marginales y fracasados.

Después, en el apartado “Carlos”, la narradora describe una relación marcada por el deseo, la violencia y la degradación, donde el placer aparece irremediablemente adherido al miedo, dolor y rechazo.  Pamela aparece a través de una reflexión sobre la memoria, las premoniciones y la pérdida, concluyendo con el apartado “Ese dulce mal”, donde la narradora entrelaza fantasía, ironía y citas filosóficas arcaicas para manifestar una relación obsesiva con el personaje de Hiparquia.

En el cuarto y último capítulo, “Variaciones. Dos viñetas”, la narradora parte de experiencias personales, como el efecto que la música y la poesía producen en su sensibilidad, para reflexionar sobre las emociones, los sentimientos y la diferencia entre “estar sola” y “sentirse sola”. Estas meditaciones se desarrollan a partir de referencias a Frédéric Chopin, Wojciech Kilar, Constantino Kavafis y Georg Trakl, cuyas obras acompañan su exploración de la melancolía y la experiencia íntima. Por otro lado, introduce el relato “La cazadora de almas”, en el que la narradora, acompañada de Tomás, su casi marido, viaja al Cusco. Durante su estancia conoce a Vladimir, un supuesto chamán, quien realiza reflexiones sobre el karma, el alma y las prácticas rituales, lo que le permite a la narradora cuestionar temas como el amor, el destino y la identidad.

El relato desarrolla la idea de “dejar ir” a partir de recuerdos subyugados a distintas personas del pasado y meditaciones sobre el pasado que no fue. También incluye referencias a Chéjov y Rimbaud para  relacionar la soledad, la muerte y el sufrimiento humano. En base a ello, la narradora concluye con la imagen de una madre y una niña muertas en el desierto de Mauritania tras huir de Sudán, momento que cierra el recorrido del relato.

En síntesis, Me gustan los atardeceres tristes construye un universo narrativo donde la memoria, la ficción y la reflexión sobre la escritura convergen de manera constante. A lo largo de sus páginas, Carmen Ollé inserta una amplia red de referencias literarias y culturales que dialogan con su propuesta estética. La presencia de obras como Drácula, El retrato de Dorian Gray o Fausto, junto con las evocaciones de Sylvia Plath, Albert Camus, David Leavitt, Pilar Dughi y otros escritores, amplía el horizonte de lectura y sitúa cada relato en conversación con una tradición literaria diversa. Además, la inserción de poemas, epitafios y fragmentos de distintas procedencias refuerza el carácter intertextual del volumen, mientras que apartados como “Manías del escritor” convierten la creación en un objeto de reflexión. En consecuencia, la obra reafirma el gran índice exploratorio de Ollé, cuya escritura habita entre la prosa, la poesía y el ensayo, incorpora imágenes, diferentes voces, códigos propios de la cultura contemporánea y desplaza fervientemente los límites de los géneros literarios.

Referencias bibliográficas

Alvarado, V. (2025). «Ahora hablo del cuerpo mutilado». La teoría del cuerpo de Jean-Luc Nancy en Noches de adrenalina (1981) de Carmen Ollé. América Sin Nombre, 33, 23–38. https://doi.org/10.14198/AMESN.27450

Lubini, G. (2015). Noches de adrenalina de Carmen Ollé como poesía integral neovanguardista. Estudios filológicos, (55), 77-92. https://dx.doi.org/10.4067/S0071-17132015000100005

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