La poética de la dualidad en Odas vulgares (1927)

Carmen Aurora Alvarez Cucho

Universidad Internacional de la Rioja (UNIR)

Enrique Bustamante y Ballivián (1883-1937) fue una de las voces más originales de la literatura peruana junto a Abraham Valdelomar, su fiel amigo, y José María Eguren, poeta al que dio a conocer en 1909 mediante su revista Contemporáneos, dirigida junto a Luis A. Hernández, donde defendería al modernismo literario y sus exponentes. Posteriormente, su poética tendría cambios debido a las influencias vanguardistas, por lo que se considera a su obra una poética del tránsito y espíritu juvenil.  

De acuerdo con Estuardo Núñez (1937), fue un animador no solo del ambiente cultural, al difundir poesía de escritores noveles o colaborar como antologador y traductor, sino que en su propia poesía hay movimiento, así como en su espíritu enérgico de mantenerse vigente, incluso si debe transitar hacia el vanguardismo. Bustamante y Ballivián fue poeta, escritor, intelectual, periodista, antologador, crítico literario, editor, traductor y diplomático.

Nació en Lima. Asistió desde niño a un colegio de jesuitas y, en 1902, ingresaría a la Escuela Nacional de Ingenieros, tan solo cursando el primer año. Posteriormente, se dedicó a escribir en los diarios y las revistas de la época, como La Prensa, La Opinión Nacional, La Nación, Actualidades y Gil Blas. Uno de sus grandes méritos fue fundar la revista Contemporáneos, el cual fue su primer puente con la literatura y la poesía, así como la revista Cultura, precursora de la revista Colónida, donde se daban a conocer voces jóvenes, modernistas y que rompieran con el molde romanticista. En 1919, se uniría al servicio diplomático. De este modo, viajó a Cuba (1919), donde ganaría tres premios de un concurso poético; Brasil (1921;1925-1926), donde sería el antologador de un libro sobre poesía brasileña; Junín (1923); Arequipa (1923-1924); y Uruguay (1927), donde difundió la revista Amauta y publicaría Odas vulgares (1927). A su retorno a Lima, fundó la editorial Compañía de Impresiones y Publicaciones (CIP) que consiguió publicar a numerosos escritores (Xammar, 1945).

En cuanto a su producción poética, hay etapas bien marcadas, como la modernista que estarían influenciadas en los poemarios Elogios (1910) y Arias de silencio (1915). También tuvo influencias del parnasianismo y el d’annunzianismo. En Autóctonas (1920), Antipoemas (1926), Epopeyas del trópico (1926), Odas vulgares (1927) y Junín (1930) está la influencia vanguardista, en cuanto a que no solo juega a nivel formal con el lenguaje, sino que utiliza el futurismo y otros recursos para mostrar los conflictos existenciales del hombre moderno, su angustia ante la modernidad, el problema del indio, percibido como mano de obra extractivista. Así, se busca la complejidad de la trascendencia en la naturaleza llena de memoria, contradicciones y con miras hacia el futuro, un trágico destino. En este sentido, se inserta Odas vulgares (1927), poemario que se analizará a continuación.

Este poemario, publicado en Montevideo, es un compilado de poemas publicados en revistas y periódicos entre 1912-1913; es decir, los escribió en su etapa modernista y donde su voz poética juvenil se desdobla en una voz poética más madura y con miras al pasado, que interviene en cada poema, con inquietud por conocer su sentido en el mundo material y espiritual. De esta manera, la naturaleza se convierte en un personaje que refleja sus miedos y anhelos —como la noche, los muertos y los animales— para hacer visible su condición vulnerable e ignorante. 

En este sentido, el libro se compone de diez extensos poemas que dialogan entre sí, a través de la intervención de «La voz», la cual expresa una visión del mundo muy filosófica y con influencias bíblicas-griegas antiguas, una ligada con el destino y el porvenir de la humanidad, en tres coloquios: el coloquio de las bestias, el coloquio de los hombres y el coloquio de la noche (Xammar, 1945).

En el coloquio de las bestias están los bueyes (andando), los asnos (cargando), los perros (ladrando) y los gallos (cantando). Mientras que la voz reflexiona del lenguaje y los límites de la razón, los animales viven a partir de sus impulsos y emociones y, de esa manera, son felices, sin complicarse. Las bestias concluyen que los seres humanos están ciegos y que no pueden comprender su naturaleza por estar obnubilados ante la razón. La voz se pregunta lo siguiente, sin obtener respuesta: «Los asnos, los perros y los bueyes dijeron las leyes del ritmo uno y múltiple de su creación, ¿por qué, si todo se ha de explicar, el canto sólo es cantar?» (Bustamante y Ballivián, 1927, p. 29).

El coloquio de los hombres lo componen las madres, los trabajadores y los muertos. Resulta interesante este contraste dual entre la vida y la muerte; mientras que las madres y los trabajadores tienen fuerzas, miran al presente y quieren seguir en este plano porque han creado vida, o bien para trabajar las tierras, por el lado de los muertos es todo lo opuesto. Ellos convencen a la voz que el amor no alcanza; es decir, donde están no existe nada, solo memoria. Todo se desvanece y nada tiene sentido: «Aquí todo tiene una ley distinta de vuestra extinta vida carnal. Más distante de toda humana comprensión, que la existencia sideral. No tenemos cerebro ni corazón, ni hay tiempo, ni espacio… No interrogues al arcano ni lo temas…» (Bustamante y Ballivián, 1927, p. 48).

Por último, en el coloquio de la noche, está la noche en el campo, en la ciudad y en el cielo. En cuanto a la primera, la voz teme al campo por todos los mitos que existen alrededor de ello, lo peligroso y fatídico, pero para la noche este espacio es seguro, representa un lugar donde descansar en paz. En tanto, la voz en la ciudad se siente más segura por la presencia de la modernidad, la civilización y el progreso, pero para la propia ciudad es hastío, artificialidad, monotonía y estancamiento: «La ciudad es una fuerza artificial; la muchedumbre ahoga el modo personal y no deja que el alma desciende al abismo del misterio y la vida. En ella hay el gran mal de no ver el secreto interior de sí mismo» (Bustamante y Ballivián, 1927, p. 59). En resumen, advierte de los peligros de la modernidad, mientras que se idealiza la naturaleza. Para terminar, está el cielo. En este espacio, la noche es sabia y conoce los misterios de la humanidad , su esencia, significados en mitos griegos. Es en el cielo donde la voz quiere estar y comprenderse, vivir eternamente, por todo que ofrece.

En síntesis, este poemario, si bien tiene un lenguaje modernista, es innovador en la manera de complejizar y buscar el sentido primigenio de la humanidad en la escritura, mediante la creación de imágenes y diálogos sobre su visión del mundo y de otros seres. Por todo lo expuesto, consideramos que Enrique Bustamante y Ballivián merece mayor estudio, rescate y, por supuesto, que este poemario sea motivo de estudio en comparación de otros estudios y contadas fuentes consultadas. 

BIBLIOGRAFÍA:

Bustamante y Ballivián, E. (1927). Odas vulgares. Editorial La Cruz del Sur.

Núñez, E. (1937). La poesía de Enrique Bustamante y Ballivián. Letras3(6), 79-109. https://doi.org/10.30920/letras.3.6.6 

Xammar, L. (1945). La poesía de Enrique Bustamante y Ballivián. Gil. 

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