o de qué hablamos cuando hablamos de Surrealismo

Héctor Omar Escobar Tapia

(Pontificia Universidad Católica del Perú)

En el curso de tres interrogatorios de muchas horas
me tocó defender al surrealismo de la pueril acusación
de ser en esencia un movimiento político de orientación
 netamente anticomunista y contrarrevolucionaria.
– André Breton

1. Surrealismo

La introducción del surrealismo en el Perú no fue un acto único, sino un proceso fundacional impulsado por dos gestos durante la década de 1930. El primero, de orden literario, fue la publicación de Hollywood (1931) de Xavier Abril, un libro de poemas en prosa que abrió la puerta a la escritura automática y al imaginario onírico en la poesía peruana. El segundo, en el ámbito artístico, ocurrió en 1935, cuando César Moro organizó la primera exposición surrealista en el país y en Sudamérica. Ambos acontecimientos no solo marcaron un punto de partida, sino que establecieron un diálogo entre la palabra y la imagen que definieron la vanguardia local y encarnaron los postulados del movimiento.

A partir de esta doble fundación, el surrealismo inició un camino de asimilación que encontrará su punto de llegada y madurez pocos años después. Este ensayo se centra en ese momento de culminación: la publicación de Descubrimiento del alba (1937) de Xavier Abril. Esta obra representa la consolidación de la narrativa surrealista en el Perú, al superar la experimentación inicial para lograr una síntesis entre una visión onírica de la realidad junto con ideas políticas.

2. Xavier Abril 

En la página final del Primer Manifiesto del Surrealismo (1924), André Breton declara: “La existencia está en otra parte” (Breton, 2002, p. 50). Esa otra parte no se encuentra en el realismo convencional, sino en una suprarrealidad que Xavier Abril supo traducir en versos. Abril, miembro fundador del grupo surrealista de Perú y colaborador de las revistas Amauta y El Sur, asumió la premisa bretoniana como un principio de creación: la escritura poética se convierte en el vehículo para alcanzar aquello que la razón pragmática descarta. El poema “Elegía a la mujer inventada” ejemplifica esta búsqueda con claridad. En él, la realidad empírica se subordina a la inventiva y a la imaginación:

ELEGÍA A LA MUJER INVENTADA

Xavier Abril (1905–1990)

Una mujer o su sombra de yedra

llena esta soledad de lámparas vacías.

En la memoria del corazón

está marchita una flor,

un nombre de mujer.

Los ojos de la ausencia

están llenos de lluvia, de paisajes helados y sin árboles.

¿Quién conoce el nombre de esa mujer

que olvida su cabellera en los ríos del alba?

¡Qué difícil es distinguir entre la noche

y una mujer ahogada hace tiempo en un estanque!

El desmayo de una flor no se compara

al silencio de sus párpados cerrados.

(Abril, 1937, p. 13)

En estos versos, la suprarrealidad opera como una libre asociación de ideas. La poesía se inscribe dentro de aquello que Breton definió como: “Automatismo psíquico puro por medio del cual se propone expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento” (Breton, 2002, p. 26).  Abril no se limita a reproducir imágenes oníricas: su escritura da acceso a los estratos profundos del ser. El corazón posee memoria: “En la memoria del corazón / está marchita una flor”. La soledad se materializa en objetos contradictorios: “llena esta soledad de lámparas vacías”. Y la noche se confunde con un cadáver sumergido: “distinguir entre la noche / y una mujer ahogada hace tiempo en un estanque”. Esta aparente arbitrariedad revela, en realidad, las conexiones invisibles que tejen el lenguaje. Cada imagen no es un capricho formal, sino un testimonio de los procesos de significación que la conciencia racional intenta ocultar.

La mujer inventada, la ausencia personificada, los paisajes helados sin árboles, los ríos del alba: todos ellos configuran una geografía interior donde la palabra poética reordena la realidad en lugar de imitarla. Como propone el propio Breton al inicio del manifiesto, el surrealismo tiende a “destruir definitivamente todos los demás mecanismos psíquicos y a sustituirlos en la resolución de los principales problemas de la vida” (Breton, 2002, p. 27). En Abril esa resolución adquiere la forma que inventa una nueva presencia a través del lenguaje.

Esta radicalidad estética tiene su correlato en la dimensión política del surrealismo. En el “Segundo Manifiesto” (1929), Breton denuncia lo que llama “ese cáncer del espíritu que consiste en pensar tan tristemente que ciertas cosas ‘son’, mientras que otras, que bien podrían ser, ‘no son’” (Breton, 2002, p. 154). El surrealismo combate precisamente esa resignación ante lo dado: si lo posible tiene tanto derecho a existir como la realidad, entonces el orden establecido no es natural ni inevitable. Escribir desde la posibilidad es, en ese sentido, un acto subversivo. Abril asume esta premisa y la traduce en imágenes donde aparentes opuestos se encuentran y se disuelven:

ALBA O LUZ DE LOS TRIGOS

Tú le das a las flores el silencio nocturno,

las estrellas, la sombra, el misterio de los ojos,

la palidez ahogada a la alcoba del sueño.

Las playas de tu vientre

donde el viento peina

los solitarios trigos del alba. (Abril, 1937, p. 21)

En el poema, el silencio convive con lo nocturno y el cuerpo humano se presenta como un territorio fértil. Este espacio onírico no solo constituye una posibilidad —en el sentido bretoniano del término—, sino que también reconfigura la experiencia sensible al establecer nuevos y sorprendentes vínculos entre significantes que el discurso realista había mantenido separados.

Es desde esta perspectiva que debe entenderse la poesía de Xavier Abril: como una posible configuración de la realidad. Frente a la pretensión del realismo literario de reflejar un mundo ya dado, la escritura de Abril asume que la realidad no es unívoca ni aprehensible de una vez y para siempre. Al hacerlo, desnuda los mecanismos de aquella tradición: si la realidad no puede fijarse en representaciones estables, entonces todo es posibilidad. Y si todo es posibilidad, ninguna configuración de la realidad posee una legitimidad superior a otra; todas son igualmente legítimas en su capacidad de representar lo sensible. Este principio se materializa con claridad en “Tono íntimo del alba”, donde el yo poético construye un mundo posible desde “una línea del sueño”:

TONO ÍNTIMO DEL ALBA

A una sola línea del sueño, del color que es su vida.

El mundo de mis manos se vuelve sutil en su cuello.

Luego, se pierde el mundo. Esto ya es el gozo,

la media luna, el canto de primavera.

De sus axilas veo emerger la estación, el verano.

Adormecida en el alba entre dos rayos (Abril, 1937, p. 43)

Frente a la mímesis realista, que pretende clausurar el sentido en una representación objetiva, el poema de Abril muestra aquello que el realismo no podía ver: las infinitas posibilidades de configuración de la realidad. Y en este caso, una configuración a partir del sueño, el cuerpo y la palabra. En este sentido, su poesía no solo expande los límites de lo decible, sino que interroga los presupuestos mismos del lenguaje literario.

3. Xavier Abril II

André Breton redactó el “Tercer Manifiesto” surrealista en 1938, en colaboración con León Trotski (1879-1940), durante su estancia en México. El propósito de aquel texto fue articular las propuestas de la vanguardia artística con las ideas comunistas para impulsar una revolución que abarcara tanto el plano estético como el social. Sin embargo, Xavier Abril supo comprender la verdadera sensibilidad del surrealismo y se adelantó en un año a la propuesta revolucionaria de Breton y Trotski. En su proyecto poético, Abril integró al trabajador y al campesino como figuras centrales de una transformación estética y política, como se observa en el poema “Sentimiento del hombre y del surco”:

SENTIMIENTO DEL HOMBRE Y DEL SURCO

Insisto en la estética silueta vegetal

que nos proclama el señorío del paisaje,

la paz de la montaña.

La libertad que existe entre la tierra y el cielo

es cosa de hoja simple

o de transcurrir de agua.

No se equivoca el campesino cuando toma los cielos con las lluvias

en las ocultas cisternas del tiempo

y en verdad agrícola se acuesta

como eterna semilla acostumbrada.

El aire que se agita es prez de la cosecha

y la luz decora lo preciado, dicha y gala. […] (Abril, 1937, p. 27)

La racionalidad del siglo de las Luces, la Ilustración, el positivismo y las revoluciones industriales habían coronado a la razón y a la idea de desarrollo como las únicas vías legítimas para entender y construir la realidad. No obstante, con la aparición de Sigmund Freud (1856-1939) y la publicación de La interpretación de los sueños (1899), aquella hegemonía de la razón comenzó a ser cuestionada. El psicoanálisis reveló la existencia del inconsciente, ese lugar donde habita lo reprimido, y abrió la posibilidad de una comprensión más compleja del ser humano y de la realidad.

La pregunta que los surrealistas heredaron de Freud no era solo psicológica, sino política: ¿qué ocurre cuando la lógica de la represión se traslada del individuo a la sociedad? En el plano personal, la razón reprime al inconsciente para garantizar la adaptación al orden existente. En el plano histórico, ese mismo orden —burgués, industrial, colonial— había reprimido a clases enteras de sujetos: el obrero de fábrica, el campesino sin tierra, el colonizado. Ambas represiones obedecen a la misma estructura: el poder que decide qué puede ser visto, dicho y deseado, y qué debe permanecer invisible. El surrealismo, al liberar lo reprimido en el lenguaje, realiza entonces un doble gesto: estético y político a la vez. Hace visible lo que la racionalidad dominante había condenado al silencio, tanto en la psique individual como en la historia colectiva. Ser surrealista implicaba, entonces, asumir una postura revolucionaria. Hacer visible aquello que había permanecido oculto bajo el dominio de la racionalidad. 

Xavier Abril supo trasladar esta convicción al contexto peruano. En “Sentimiento del hombre y del surco”, la idea de belleza se desplaza hacia el trabajo del campesino. El surrealismo provee así el marco para la aparición discursiva del campesino, pero lejos de una idealización romántica o modernista: se trata de una figura que encarna la posibilidad de una nueva sensibilidad, a la vez estética y política. Surrealista y comunista. Y de esto hablamos cuando hablamos de surrealismo. 

BIBLIOGRAFÍA:

Abril, X. (1937). Descubrimiento del alba. Ediciones Front.

Breton, A. (2002). Manifiestos del surrealismo. Visor.

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