Historia de Cifar y de Camilo de Edgardo Rivera Martínez: la revelación del alma infantil, por Miguel Ángel Carhuaricra.

Historia de Cifar y de Camilo de Edgardo Rivera Martínez: la revelación del alma infantil.

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En Historia de Cifar y de Camilo, Edgardo Rivera Martínez explora un singular tópico literario infantil: el cariño de los niños hacia los animales. Camilo, al regresar de la escuela, conoce a Cifar, un gato persa que vive en una mansión barranquina. Si bien la compañía del gato despierta su espíritu lúdico, Camilo siempre muestra preocupación por los problemas económicos de su familia. Motivado por el deseo de aportar al hogar, jugar con Cifar se convierte en un trabajo satisfactorio, pero que, debido a la indiferencia de Ivonne, la dueña del minino, descubre la malicia de las personas. Pese a esta agria experiencia, conserva la imagen de Cifar, pues señala que en sus sueños “… otra vez volvía a estar con mi amigo, y los dos íbamos hacia un mar cada vez más inmenso” (p. 44).  Apreciamos, entonces, que el autor, a través de las vivencias del Camilo, nos comparte la dimensión humanizadora del alma infantil: el sentir poético y la imaginación consciente.

Existe algo que los niños ponen en práctica de manera espontánea: mostrar su corazón de poeta. A partir del ingreso a la subjetividad de Camilo, Edgardo Rivera Martínez plasma su conocimiento de la interioridad infantil. En esta historia se observa cómo el alma inocente de Camilo, afín a la de todo niño, posibilita la humanización del animal. Presenciemos cómo el protagonista cree vivir las mismas experiencias que el entrañable amigo: “Cifar se sentó a contemplar conmigo el crepúsculo. Se habría dicho que era tan sensible como yo a la magia del paisaje” (p. 29). Camilo, con sincero candor, asume que él y Cifar tienen similar afectividad hacia la naturaleza. En efecto, Camilo se siente amigo de Cifar debido a que ambos aprecian el mundo con la misma intensidad.

Ante la ausencia de Camilo, Cifar entristece, pues el cariño infantil siempre aviva el cariño de los demás. La pregunta de la empleada Nieves a Camilo nos sugiere cómo el cariño de los niños despierta más cariño: “Oye, ¿por qué te quiere tanto ese gato? ¿Acaso son cariñosos los gatos?” (p. 35). Observamos, entonces, que la amistad entre Camilo y Cifar trasciende el juego ya que, en realidad, se sostiene por el querer recíproco. Camilo ensaya una respuesta que evidencia su talante poético para humanizar a su felino compañero: “No sé, Nieves, pero será quizás porque a los dos nos gustan el aire, el mar, las tardes (p. 35). A lo que Nieves comenta: “¡Qué bien hablas, Camilo! Cuando seas grande serás poeta, ¿no?” (p. 35). Puede que Camilo llegue a escribir bonitos versos, no obstante, al explorar su sentir poético, el autor nos sugiere todo niño es poeta no solo por las palabras, sino por humanizar espontáneamente a los animales.

Si bien Camilo se presenta como un niño contemplativo, también es consciente de su condición y de los problemas económicos de su familia. Oigamos su reflexión luego de ser visto con desconfianza por Cifar: “Me pareció prudente alejarme. La pobreza de mi ropa, mis pies casi descalzos y el descolorido bolso en que guardaba mis cuadernos habrían suscitado su recelo (p. 10). Esta consciencia de su ser se complementa con el reconocimiento de la situación de su familia. Ante el desempleo de su padre, propone una solución: “Papá, no se preocupe, puedo muy bien dejar la escuela y ponerme a lustrar zapatos” (p. 32). Sabe Camilo que está en condiciones de aliviar los problemas económicos, por ello, asume que trabajar demuestra que puede actuar responsablemente como un integrante de la familia. En consecuencia, Camilo conjuga su corazón de poeta con su razón infantil para corregir los problemas.

A sus cortos doce años, Camilo es capaz de identificar la malicia de los demás. El viaje de Ivonne, lo deja sin trabajo y con el lamento de haber perdido la oportunidad de trabajar vendiendo cigarrillos. Escuchemos su eufórico lamento: “Por momento resurgía en mí la ira contra esa vieja egoísta, a quien no le había importado hacerme perder una colocación estable, pues de seguro tenía ya planeado el viaje cuando me contrató para hacer jugar a su gato” (p. 42). Ante la indiferencia y maldad, la ira de Camilo es una respuesta natural. El lirismo de sus palabras se diluye ante tamaña burla, pero afortunadamente su cariño hacia Cifar modera tal molestia. Por tal motivo, su confesión resulta significativa: “Poco a poco, sin embargo, mi indignación se atenuó, y aumentó en cambio mi pena por Cifar. Ya no lo vería nunca. ¡Esa blancura callada y a su modo afectuoso! (p. 42). ¡Qué emoción saber que Camilo vuelve a recuperar su ánimo poético!

Hacia el final, Camilo cree que gracias a su próximo trabajo podrá olvidar a Cifar. Ingresemos un momento a su imaginación: “Y creía también trabajar como lustrabotas, y mientras me afanaba con un trapo, me decía a mí mismo: “¿No ven? ¡Ya olvidé a Cifar!” (p. 44). Al parecer, la realidad presente estaría opacando la fantasía infantil; sin embargo, en su mente una voz le recuerda los momentos felices con Cifar y le habla en un tono aleccionador: “¡No, Camilo! ¡No lo has olvidado ni lo olvidarás nunca!” (p. 44). A partir del eco de esta voz, deducimos que, para el espíritu de Camilo, y de los seres humanos, olvidar los momentos felices es dañino ya que iría contra la naturaleza de nuestra memoria y de nuestras emociones. Afortunadamente, ahí siempre estará nuestra nostalgia para eternizar nuestra felicidad, pues como imagina Camilo: “Y otra vez volvía a estar con mi amigo, y los íbamos hacia un mar cada vez más inmenso” (p. 44).

Historia de Cifar y de Camilo sintetiza el singular fuego lírico y el ángel pedagógico de Edgardo Rivera Martínez y, de ese modo, a través del protagonista se encamina a despertar las emociones del pequeño lector. Camilo muestra su sensibilidad e imaginación a partir de su capacidad para humanizar a su compañero Cifar y de ser consciente de la realidad familiar. En contraposición con la visión idealizada del infante, el autor de País de Jauja nos presenta un niño que contiene magia y realidad, en otras palabras, el ánimo poético para imaginar la vida. Parece decirnos el autor que, aun cuando el mundo sea injusto, los niños, a diferencia de los adultos, siempre afrontan el mundo con historias emotivas cimentadas en el interior de su ser. Precisamente ahí radica la importancia de leer de este cuento: los niños de todas las edades necesitamos cosechar historias para responder a la vida con el entusiasmo infantil de Camilo.

Miguel Ángel Carhuaricra

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

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